En cada rincón...un submundo...

sábado, 11 de febrero de 2017

Un buen recibimiento...

No sé si os pasa a todos, pero tras una semana sin correrme, con la tensión de un nuevo comienzo y después de una aboragíne previa de sexo y masturbación, esta semana estaba apunto de subirme por las paredes. Quizá sea rara, pero soy incapaz de pasar más de 10 días sin un orgasmo en condiciones, aunque por supuesto no siempre se den las circunstancias adecuadas.

Recuerdo muy bien aquello de no metas la polla en la hoya o algo así, bueno, he mentido, obviamente no lo recuerdo bien, pero como yo no tengo polla, al menos como apéndice de mi cuerpo, tampoco le dí mucha importancia. 

Sabía que él me deseaba, de hecho es algo habitual, y no es porque físicamente yo sea una bomba, soy bastante corriente como os he dicho otras veces, pero como también he dicho, creo que la parte más sexual de las personas no reside en su cuerpo, ni siquiera en su sexo, sino en su cerebro, y ahí sí que debo ser diferente a las demás. Nos habíamos observado varias veces, incluso nos habíamos presentado sin necesidad de coincidir. Tal vez sea por ésa habilidad de los que emanamos apetito sexual, pero él me excitaba, y por la forma en que su entrepierna palpitaba cuándo estábamos cerca, era algo mutuo.

No podía más, proceso cerrado y ganas de follar a mansalva. Salí del despacho y allí estaba él. Me dio la enhorabuena por mi logro profesional. Asentí levemente, mientras me mordía el labio inferior, con una caída de ojos digna de un perra en celo y es que en éso de transmitir mis ganas, soy la mejor, además de en otras muchas cosas. Te mordiste el labio de forma inmediata, antes de que me acercase a tu oreja y te invitase a una cerveza, cuándo acabases tu jornada laboral. A mí aun me quedaban unos días para empezarla, pero no pensaba quedarme sola ésa noche. 

La verdad es que no sabía nada de ti, y ni se me había ocurrido pensar que los casados también desean, aunque no quieran follar; y la verdad es que tampoco me importaba, tu forma de mirar era la propia de un follador nato, y lo demás por cínico que resulte decirlo,  me daba igual, no pensaba casarme contigo.

Asentiste; no pude evitar desviar mi mirada a tu entrepierna, justo antes de marcharme con un "te espero abajo". Sabía como tus ojos se habían clavado en mi trasero, que llevaba embutido en un vestido negro ajustado, justo hasta mi rodilla y que quedaba espectacular, con las curvas de mi cuerpo y mustang negros de tacón alto. 

En el bar me pedí una caña, e intenté relajarme. No por tener dudas, de si ibas a ser mi presa este jueves, sino por la semana de infarto que llevaba. No tardaste más de 20 minutos en cruzar la puerta de la cervecería y caminaste decidido a mi encuentro. Ésa seguridad en ti mismo, es la prueba misma de que no me equivocaba en tu capacidad follar. Tus ojos verdes, clavados en los míos y tu manera de caminar, con ése pantalón y esa camisa entreabierta, que hacían juego perfecto con tu piel morena, me ponían tan caliente que tenía que contraer los muslos para no abalanzarme a tu cuello, al menos antes de tantear el terreno, no suelo equivocarme, pero tampoco me gusta hacerlo.

Te pedí una caña, sin preguntarte, estaba tan cachonda, que no iba a haber miramientos. Una conversación rápida, sobre la empresa, sobre mi capacidad, sobre mi posible cambio de domicilio y tu experiencia en ella, fueron los preliminares. Tus ojos miraban mis pechos, los míos tu entrepierna y mi dedo índice recorría tu torso, a la vez que tus manos se apoyaban sobre mis piernas, abiertas ligeramente ante la atención de tu mirada; eran las pruebas que necesitaba para confirmar que mi criterio, tras una semana sin sexo era certero.

Los que me conocéis sabéis que no soy de medias tintas, soy de blancos o de negros. Me acerqué a ti, mientras contenías la respiración y te susurré que mi hotel estaba aquí al lado, y que si seguíamos la conversación desde allí. Dejaste 10€ en la barra, y sin preguntar por la cuenta, me cogiste la mano y me llevaste hacia la puerta. Allí yo marqué el camino, mientras de la mano caminábamos hablando del tiempo y lo que me gustaba la zona costera.

Entramos en el hotel, con la única interrupción de solicitar mi tarjeta en recepción. Subimos al ascensor aun de la mano. Antes de que las puertas se cerrasen te colocaste frente a mí, y agarrándome fuerte por la espalda, abalazaste tu boca sobre la mía. No puedo negar que me moría por comerte la boca y lo que no es la boca, desde el mismo momento que me crucé contigo. 


Nos devoramos, de forma inconstante y ansiosa. Tus manos, recogieron mi vestido a la altura de mi cadera, mientras nos barríamos con la lengua. Nuestras babas, acentuadas por nuestra respiración acelerada y excitada, se fundían entre el hueco de nuestros labios. Comernos era poco, para lo que estábamos viviendo. Las puertas se abrieron. Me bajé el vestido y te dirigí hasta la 102. Metí la tarjeta, mientras tu erección me taladraba el trasero. Entramos a empujones en la habitación. 
Me giré frente a ti, solo para poder notar de nuevo el deseo también en tus ojos.

 Con un siéntate y un leve empujón, te senté en el sofá que acompañaba a la cama. Me arrodillé frente a ti, y comencé a desabrocharte ésa camisa, que tanto favorecía el moreno de tu piel. Desabroché el primer botón de tu pantalón, para evitar que semejante erección permaneciese presionada. Dejé caer un chorro de saliva sobre tu glande, para después lamerlo de manera suave. Echaste la cabeza atrás mientras ya me incorporaba. 

Me desabroché el vestido frente a ti dejándolo caer al suelo, sin quitarme los tacones. No llevaba sujetador. Me saqué el culotte negro de encaje antes que las medias de blonda que me quité después, justo al quitarme los zapatos. Agarrándote de las manos te invité a levantarte. De pie, desnuda frente a ti, comencé a comerte de nuevo la boca, me sabía a gloria, mientras liberaba tu erección, acariciando cada pliegue de tu rabo, duro, caliente, como a mi me gusta, y como yo sabía que sería. 


Tus manos, sujetándome el cuello, mantenían mi rostro fijo en el tuyo; hasta que lentamente, comenzaron a recorrer los perfiles de mi torso, parando primero en mis pechos. Posastes tus manos sobre mis tetas, acariciándolas suavemente, recreándote en mis pezones duros y rosados, excitados por y para ti. Desde ahí, las dirigiste a mi cintura, para después posarlas en mis nalgas. Yo no podía evitar disfrutar de los dobleces de tu falo, duro en cada caricia, y del modo en que tu boca me devoraba ante el juego de mis dedos entorno a ti.

Separando tu boca de la mía, te empujé de nuevo contra el sofá, liberándote del pantalón. De rodillas frente a ti, comencé a mimar como debía al juguete de mis dedos. Mis labios, anhelantes de más del sabor de ésa polla erguida para mí, comenzaron a jugar con tu cabeza. 


Entre mordiscos y caricias escondidas, mi boca succionaba tu sabor; a la vez que mis manos ansiosas de ti, jugueteaban con tu longitud. Jadeabas de tal forma que tus gemidos salían de la habitación. Agarrabas los brazos del sofá con firmeza, mientras yo me deleitaba con el sabor de tu glande en mi boca. 

Me incorporé despacio, y te conduje a sentarte en el suelo, junto al sofá. Me giré frente a ti, ante la atenta mirada de ojos perdidos, que solo el placer nos da a todos.  Coloqué mi pipa, y mi trasero a la altura de tu cara, y dejando caer mi cabeza sobre tu cuerpo, decidí terminar el trabajo que había empezado.


Mientras tu falo se tensaba entre las caricias de mis dedos y la ventosa de mis labios esparciendo tus dobleces, podía sentir como tus labios se apoderaban de mi coño. Tus manos apoyadas en el suelo, eran el único núcleo de realidad tangible, que iba más allá del placer que intentábamos darnos. Notabas como mi coño lubricada por momentos, a la vez que tu rabo concentraba más presión entre los surcos de tus venas. Gemías del gusto sobre mi sexo, y yo ahogaba gruñidos de placer sobre el tuyo. 

Apoyando tus manos sobre mi trasero me forzaste a girar sobre mí misma. Te subiste a la cama, sin dejar de mirarme extasiado. Adoraba sentirme así de poderosa. Me subí sobre ti, despacio y sin perder el contacto visual. Me coloqué sobre tu falo y me deje caer, gritando del gusto, mientras me abrías en canal para ti. Comencé a moverme entorno a tu empale, al ritmo que marcaban nuestros ojos. Los míos apuntando ahora al cielo y los tuyos a mi cara de placer y al vaivén de mis tetas.


Sin tocarme podía sentir las caricias de tus ganas, los surcos de tu placer dibujando pliegues en mi vagina contraída para acariciarte en cada viaje. Arriba y abajo, ahí, y más, gruñidos, jadeos y respiraciones entrecortadas, se sucedían entre el movimiento del colchón. Podía notar como tu rabo, duro acrecentaba tu tensión eterna, atento a cada uno de mis saltos sobre tu longitud. Sentías que estabamos cerca, ambos; y me detuviste, como buen follador. Me levantaste sobre tu rabo y lo sacaste de mí, húmedo y empapado de mis ganas. 

Serpenteaste sobre mi cuerpo, mientras yo me sujeté de rodillas y erguida, no sin cierta dificultad, por lo cachonda que estaba, sobre la cama. Colocaste tu rostro entre mis muslos y comenzaste a meterme, ahora no tu polla, sino tu lengua en la vagina. Grité del gusto al notar como tu aliento humedecía mi "mojado". Jadee al sentir como te recreabas en el sabor de mi coño. 


Podía sentir el roce de tu barba de dos días entre mis labios inferiores y como tu lengua y tu saliva me empapaba todavía más, volviéndome loca. Quizá estuvimos segundos, o tal vez horas, jugando con mi coño, con mi sexo y mi deseo. Tus manos abrazadas a mis piernas y tu lengua relamiendo mis paredes. Cada vez más juguetona, cada vez más rápido, me barrías por dentro. 

Sabías que estaba a punto, y te regustabas con mayor destreza. Mis rodillas no aguantaban y cada vez más, el peso de mi coño oscilaba más profundamente sobre tu cara. Podía notar como tu nariz se empapaba de mi olor, y como cada vez respirabas y penetrabas más en mí; hasta que me dejé caer sobre tu rostro, empapada, convulsa y extasiada, mojándote la cara de mi corrida, al tiempo que tu disfrutabas embebiéndote más de mí.

Cuándo recuperé el aliento me desplacé despacio sobre ti. Sin perder de vista la tersura de tu rabo. Me giré sobre tu cuerpo y comencé a restregar la humedad de mi coño sobre tu abdomen, a cuatro patas sobre tu torso. Me abría los labios rozando con tu piel y te mojaba. Tu cadera, apenas podía controlar los golpes inconscientes, buscando mi agujero. Me coloqué en el vértice, mirándote y sujetando tu cadera con los muslos. Sonreías de placer como yo lo hacía de gusto. Y volví a dejarme caer sobre tu falo. Mis movimientos fueron rápidos. Como los tuyos. Llegábamos a mi fondo, abriéndome con cada envite. Estabas  a tope y adoraba tenerte así.




Mis pechos rozaban tus labios ante cada nuevo baile de nuestros cuerpos sobre la cama. Tu rabo al fondo y mi vagina abierta a recibirte. Jadeos entrecortados y gruñidos de placer, entre los fluidos de rabo y coño y el sudor de dos pieles restregándose del gusto. Hasta que con un gruñido final, me empapaste de tu leche, sin dejar de moverte y de moverme en el mismo compás, alargando tu orgasmo y provocando de nuevo el mío, alrededor de tu polla. Arriba y abajo, cada vez más lento, bombeando sobre nuestras corridas, hasta que me dejé caer sobre ti.

Exhaustos permanecimos así, encajados, al menos media hora, respirando y sin mediar palabra. 
Confirmé que no me había equivocado, una de los mejores folladores que he conocido y además supe que este sería el preludio de una buena amistad... aquí también iba a necesitarlo...




martes, 24 de enero de 2017

AL LÍMITE...

El sonido inesperado de la alarma del teléfono, me sacó de mi ensimismación frente a la pantalla del PC. Cuándo ví tu nombre en la pantalla, me quedé bloqueada unos segundos, entre las ganas de contestar y más de 1 año sin saber uno del otro, los sentimientos me golpeaban la cabeza, entre la necesidad de contestar y  de no hacerlo.

Sonreí y armada de valor le dí al verde. Un “hola” convencida de que sería un error, fue lo que alcancé a balbucear. Tú eres la persona que me introdujo en el “SEXO” el que se escribe con mayúsculas, y hacía ya mucho tiempo que no nos parábamos a disfrutar juntos. Recordé las noches de desenfreno y el enfoque en que tú me enseñaste que entre dos personas no hay límites ni éticos ni morales, más que los que las dos personas implicadas,  se plantean.

Contestaste rápidamente, seguro de ti mismo, convencido de lo que me estaba pasando por la cabeza; nunca cambiarías y yo lo sabía bien, desde el mismo día en que intercambiamos nuestro primer saludo.

-         -  “hola nena”

Boquiabierta, con el efecto que tu "nena" aun tiene en mí; creo que jadee. Mi “hola” continúo la conversación. Tú decidiste frenar hace muchos meses, pero bien sabes que nunca nadie me ha hecho disfrutar al límite como tú.

-         - " Estoy aquí hasta mañana a mediodía.  ¿Te apetece que tomemos una caña y nos pongamos al día?"

Irremediablemente una descarga eléctrica recorrió mi cuerpo. Algo tan simple como una caña con un viejo amigo, bien sabía que entre ambos, podía degenerar en mucho más, y por supuesto es justo lo que yo deseaba, al responder entre balbuceos un “si claro” “Pasa por casa”.

-         - " Estoy ahí en 15 minutos".

Para acto seguido colgar. Sabías de sobra dónde estaba mi casa, horas de desenfreno precedían nuestra relación. Pero yo no tenía claro el objetivo; tú decidiste que llegó el momento de parar, y ahora tú sólo me habías buscado.

Corrí al armario, me puse mi vestido negro de media manga, por encima de la rodilla, y las medias de blonda. Era una caña, pero era contigo y eso era mucho más; siempre más.

El sonido del telefonillo me sobresaltó. Corrí a la puerta sin descolgar y mientras el ascensor descendía, sentía como mis muslos se mojaban y temblaban instintivamente. Te ví tras la puerta de entrada del portal. Tan guapo, con ésos pantalones negros de vestir, entreví  bajo tu cazadora, la camisa blanca, con el primer botón desabrochado que resaltaba frente al moreno, siempre moreno... excitante...y perfecto. Caminé con paso seguro sobre mis tacones altos. Abrí la puerta con determinación y me rodeaste por la cadera, contra ti,  apretándome contra tu vientre. En segundos, tu lengua había invadido mi boca y esa acción profunda e  instintiva, marcó el preludio de tus intenciones.

Me soltaste, dejándome sin aliento, y comenzamos a caminar juntos calle arriba. Encontramos una cafetería, y nos detuvimos para tomarnos esa caña pendiente. Nos sentamos en una mesa apartada, sin parar de hablar, de contarnos todos los detalles, tu familia… sé cuánto les adoras, mi caótica vida, pero particular a la vez.... Nuestros ojos, perdidos en los del otro, oscilaban entre una mirada amistosa y el deseo más oscuro y profundo de tenernos. Nos mordíamos los labios, nos lamíamos, nos pedíamos guerra, y ambos, en el fondo de nuestro cuerpo y nuestro pensamiento lo sabíamos.

Sentí como tu mano comenzaba a rozar mi muslo bajo el mantel. Estaba muy excitada, pero no sabía bien en qué punto estábamos. Jadeé ante tu contacto, y controlando la situación, como siempre hacías, me dijiste “déjate llevar”. Nunca he disfrutado con nadie como cuando me he dejado  llevar por tus perversiones. Te deseaba, y simplemente obedecí. Abrí mis piernas ligeramente. “Quitate las bragas” fue la siguiente frase que escapó entre tus labios. Obedecí de nuevo, de inmediato, bien conocía hasta qué punto disfrutaba con tu depravación.

Me las saqué bajo el  mantel, sin dejar de mirar tus ojos de deseo y perversión y te las dí.  Te acercaste la silla más cerca de mí. Pude sentir como tu aliento caliente, surcaba mi piel. Tu mano, bajo el mantel, comenzó a palpar mi cuerpo, mi muslo y mi coño, hambriento de ti.  Podía sentir como la excitación se apoderaba de mi ser, mientras leía en tu mirada el calor de la situación. Tus dedos juguetones, abriéndose paso entre mis dobleces, y tu juego; que entornaba mi mirada, sin importarme que el resto del bar intuyera lo que estaba pasando allí. 



Me hacías tan tuya que me da miedo. El “Vámonos” de tu boca, fue el preludio de que te levantases y me ofreciéses tu mano. Agarrándome suave por la nuca, la acercaste a mi boca y con "huele", pude sentir como tu piel, impregnada de mis fluidos, olía a mí. "Como no voy a desearte con este olor", fueron las palabras que me hicieron caminar hacia la puerta, entre el temblor de mis muslos ansiosos.


Caminamos juntos de nuevo. Sin bragas, pero más tranquilos. Hablamos del tiempo, del trabajo y de la vida. Justo antes de que al girar una esquina, me paráses, empujándome contra la pared, apretándome contra ella para acercar tu nariz a mi cuello, mientras una de tus manos, subía mi vestido, y alcanzabas a palpar mi coño con el matiz de uno de tus dedos.

-          - “necesito un día para mí, dámelo por favor”

Tus palabras detonaron una bomba en mi interior, te deseaba, no podía más. Un “sin favor”, escapó de entre mis labios. Cogiste tu móvil, sin decir una sola palabra más, y con un “te envío la dirección ahora mismo. Quiero a los dos” Colgaste el teléfono y agarrándome del brazo me susurraste "volvemos a tu casa, nos esperan en unos minutos".

Al llegar a la puerta de casa, ví como un par de tíos estaban parados en la puerta. Les saludaste y les llamaste por sus nombres. “Ella es” dirigiéndose a mí, y ni una sola palabra más, previa al momento de subir en el ascensor, y entrar en mí casa.

Estaba tan excitada que no sabía bien cómo reaccionar, te conocía y sabía que me ibas a hacer sentir lo que nunca nadie ha logrado, pero hacía tanto de eso... Les indicaste, con seguridad, que se sentasen en el sofá, fui a hacer lo mismo, pero me dijiste que no. Un “estas segura de querer dármelo?”, fueron tus siguientes palabras; t “Estoy excitada como una perra” las mías.

Un “hacedlo” firme, me hizo estremecer, de pie, en el salón. Los dos se desnudaron, acercándose a mí, para después hacerlo conmigo. Uno de ellos, me tumbó en la mesa del salón, mientras yo veía como tu estabas ya desnudo en el sofá. Comenzaron a masturbarme sin preguntar. Dos hombres que no había visto en mí vida, estaban metiéndome los dedos en mis orificios más sexuales. El moreno, desde atrás, escupía mi trasero, mientras le dilataba lento. Jadeé, al ver como estabas masturbándote en la distancia. 

Me pajearon no más de 2 minutos, cuándo empujándome hacia atrás en la mesa, comenzarón a follarme el trasero; en órden, primero el moreno y después el rubio. Yo sólo podía gritar, ante la falta de previos, mientras sin mesura, los tres, disfrutabais del espectáculo. Adoraba sentirme así contigo. Me follaron con fuerza el culo, durante al menos 20 minutos, riéndose. Hoy jugaban ellos conmigo. Estaba tan excitada, que poco a poco, fui abriéndome y disfrutando, hasta que quisieron parar. Me levantó el rubio y me llevó  hacia el sofá, el moreno me colocó y me forzaron a sentarme sobre el rubio, junto a ti. El rubio, me la metió  hasta el fondo al dejarme caer sobre él, lo que provocó un gemido intenso de mi boca. Un alarido, me sumergió en un placer aun mayor, y un llenado tan intenso que me hacía gritar con cada movimiento. El rabo del moreno, me penetraba de golpe el trasero de nuevo. Por un momento sentí como si me abriera en canal, llena, plena. Podía sentir el roce de una polla junto a otra, sobre la pared de mi vagina que separaba los dos orificios por los que estaba siendo empalada, por dos desconocidos, una y otra vez. Gritaba del gusto, mientras ellos incrementaban sus movimientos. Tu rabo, duro, se tensaba, a mí lado, al mismo movimiento de tus manos.



“Folladla más duro, saciarla, si sois capaces” es lo único que dijiste, antes de que ellos, comenzasen a follarme de manera más brutal.





 El de atrás gemía en mi nuca, mientras el de delante exhalaba su aliento frente a mi rostro. Los movimientos de ambos, impedían los míos. Sus entradas en mí, cada vez eran más profundas, mientras la rapidez de cada viaje iba in creccendo, deacuerdo a la necesidad de verme colmada que me daban tus ojos. Gritaba de dolor y de gusto, mientras los desconocidos me follaban de forma incansable. Notaba como sus pollas se tensaban en mi interior, surcando mis pliegues interiores, por delante y por detrás; hasta que el de mi espalda,  se corrió en mi trasero. Automáticamente, tuve un orgasmo, sin que el rubio dejáse que me moviese de mi posición.

Me corrí  sobre su falo, empalándome sin descanso, mientras mis gritos invadían la habitación. El moreno bombeaba sobre mi trasero, mientras gruñía del gusto de sentirme así. Siguió penetrándome unos minutos más, mientras el rubio movía su cadera desesperado, hambriento de mi placer y mientras tu te masturbabas como un loco frente a mis ojos; sin dejar de mirarnos, más que cuándo mi mirada se perdía en el abismo de placer en que me habías sumergido. “Dadla más, más fuerte, intentad saciar a la puta”.

Gemí al oir tus palabras, mientras el rubio me empalo hasta el fondo. Sentí como su rabo tocó muro en mi vagina, y como su leche se derramaba en mi interior, mientras yo me dejaba ir sobre él de nuevo;  en el segundo orgasmo para ti. Al escuchar como gritaba de placer, te corriste en mi sofá, gritando un “puta” que me dejó sin palabras; tu y yo nos entendíamos y sabíamos que justo esto es lo que necesitábamos los dos, lo que deseábamos y lo que nos unía.


El rubio me desensartó de su falo. Y me dejó tendida en el sofá. Ambos se vistieron, les pagaste y se marcharon, mientras yo me quedé exhausta. Les despediste, desnudo, antes de volver al salón, mirándome de ése modo en que sólo tú sabes mirar. Te sonreí a la vez que veía como tu rabo comenzaba a crecer de nuevo al acercarte a mí. Te arrodillaste a mi lado, en plena erección de nuevo, mientras uno de tus dedos recorría mi espalda “eres increíblemente preciosa”. Sonreí de nuevo, del modo en que sólo la mayor complicidad puede regalar, justo antes de que me dijeras “ahora es mi turno cielo…quiero colmarte”… Me diste la vuelta en el sofá,  "abrete" fueron tus palabras, justo antes de meter tu cuerpo entre mis piernas, aun temblorosas; y atento a cada uno de los detalles de mi coño, comenzáste a pajearme entre los jadeos de mi boca... 



Mi vagina, se contraía ante las caricias de tus dedos y la perversión sexual de tu mirada, pero no te detenías, estaba justo dónde querías y dónde yo quería estar. Me mirabas a los ojos, para ver como estaba disfrutando de esto, tanto como tú, mientras cada vez me metías tus dedos más al fondo. Pronto tu rostro rozaba mi piel y tu cabeza la cara interna de mis muslos. Tu lengua devoraba mi coño empapado, y tu susurrabas un "puta" entre los labios, mientras ventoseabas mi sexo y me follabas con la lengua una y otra vez, ante la atención de mis ojos...



Me corrí sobre tu boca, sin ni siquiera darte cuenta. Hilos de mi yogur diluido, mojaban tus comisuras, mientras tú no dejabas de beberme y torturandome con el placer de tu deseo. Grite del gusto, a la vez que convulsionaba sobre ti. Te incorporaste lento frente a mí. Observaste mis agujeros irritados y mi cuerpo exhausto y expuesto a tus perversiones. Reparé entre sueños, en tu falo, erecto y erguido frente a mí. Te sentaste sobre mi rostro, echado hacia delante; y recuperando mi aliento, me metiste a la fuerza el rabo en la boca. Tensé mis labios, ante tu envite, y comencé a replegar tus pliegues alrededor de mi boca, exhausta y hambrienta siempre de ti.


Dese tu posición, no dejabas de tocarme el pecho, mientras veías como me follabas la boca sin descanso y como mi coño, se contraía y dilataba ante el atento despliegue y repliegue de tu polla en el interior de mí. Podía sentir como tu glande rebasaba mi campanilla en algunas embestidas, y como estabas disfrutando de semejante placer; eso disparaba el mío, siempre dispuesto para ti. El sabor de tu rabo, y ésas gotas difusas, disparadas sobre mi lengua, no hacía más que acrecentar mi deseo por ti. Me follaste la boca por minutos o tal vez horas, disfrute de cada ahogo y cada entrada, hasta que te saciaste de ella, sacándomela y obligandome a prescindir de ti.

Agarraste una pierna con cada mano, doblándomelas en torno a mí y me la metiste de un golpe. Entrabas y salías de mí como un juguete, sin dejar de mirarme a los ojos. "puta zorra, quiero saciarte", mientras yo te sonreía, colmada y aun hambrienta, era lo único que se oía en el salón. Nuestros jadeos acompasados con embestidas sobre mi ajado coño eran música para nuestros oídos. Podía notar como las venas de tu rabo me surcaban duro, una y otra vez, mientras me forzabas a abrir más las piernas en cada empalada. Gritaba del gusto, mientras tus gruñidos empañaban las ventanas. 



Dentro y fuera... y cada vez más rápido... entrabas y salías de mí.. gritos.. gruñidos y respiraciones acompasadas, marcaron el preludio de los alaridos de otro orgasmo entre los dos y de los dos... empapados uno en otro y siempre y aun hambrientos de más...